El peso del éxito
A veces pienso que las interminable secuelas de sagas exitosas no sólo son una molestia para los jugadores, si no un verdadero lastre para las compañias. Muchas de ellas echan a perder su fama y su innovación repitiendo las mismas fórmulas otra vez. Pero al mismo tiempo, están dejando pasar grandes oportunidades.
Tomemos el ejemplo de Nintendo. Todo el mundo espera algunos títulos para la Wii: el nuevo Mario, un Mario Kart+Tennis+Golf, media docena de Mario Partys… Estoy seguro de que Nintendo siente la presión por continuar sus sagas clásicas, y que acabara rindiéndose a ella. Pero la verdad es que sería mejor para los usuarios y para Nintendo que sacara nuevos éxitos y no que reviviera los antiguos. Claro que es difícil dar con una nueva fórmula de éxtio, pero Nintendo ha demostrado muchas veces que no les faltan las buenas ideas.
¿Pero qué dirían las hordas de Nintenderos si no vieran una nueva entrega de su saga favorita? Por mucho que no vayan a aportar nada esas continuaciones, se da por hecho que van a salir. Renunciar a sus personajes históricos y apostar por la innovación sería muy buena idea, pero enfurecería a los fans más incondicionales.
Como Nintendo, hay muchas compañias atrapadas por su pasado, esclavas de unas sagas populares que les obliga a repetirse hasta agotarse, en vez de demostrar que su éxito inicial es fruto de un talento que aún siguen teniendo. No es sólo el dinero seguro que ofrece continuar un título popular, es el hecho de que tras sacar varias secuelas exitosas el público identifica a la compañía con ciertas franquicias, y dan por hecho que van a continuar. ¿Alguien se imagina que Square-Enix dejara de lanzar Final Fantasy?
Quizá por eso, creo que es una buena idea seguir el ejemplo de Bioware: el KOTOR, luego Jade Empire y ahora Mass Effect. Siguen su estilo propio, los juegos tiene similitudes pero no son secuelas estrictamente hablando. Es fácil caer en la tentación de crear una secuela con lo que no se ha podido incluir en la primera parte. Pero eso significa perder muchas frescura, y arriesgarse a caer en una decadente espiral de continuaciones innecesarias.
